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Los expertos empiezan a tener en cuenta la fobia social, que afecta a un 4-8% de los adolescentes, como factor de riesgo para el abuso del alcohol.
– Un diagnóstico temprano de fobia social contribuye a evitar que adolescentes llenos de temores y con dificultades serias para relacionarse y expresarse en público busquen en el alcohol y las drogas una vía rápida de desinhibición– Uno de cada diez niños padece ansiedad por separación, un trastorno por el que se les hace insoportable, por ejemplo, acudir a la escuela si eso implica separarse de sus padres

Madrid, 30 de mayo de 2002.-“Las situaciones sociales provocan a estos adolescentes tanta ansiedad que procuran evitarlas. Es posible que afecte aproximadamente a un porcentaje de adolescentes que oscila entre el 4 y el 8% aunque son necesarios estudios más concluyentes al respecto. Su detección temprana es fundamental para evitar, por ejemplo, que algunos de estos adolescentes, que tienen serias dificultades para relacionarse con gente de su edad, busquen erróneamente en el abuso del alcohol y las drogas una vía rápida de desinhibición”, ha señalado la doctora Mercedes Rodrigo, del Servicio de Psiquiatría del Hospital 12 de Octubre de Madrid, en una mesa redonda sobre Fobia Social, que se ha celebrado hoy en el marco del IX Congreso Nacional de Psiquiatría Infanto-Juvenil (Madrid, 30 de mayo-1 de junio).Los primeros síntomas de la fobia social suelen manifestarse en la adolescencia, a partir de los 13 o 14 años, aunque es éste un trastorno que también afecta a adultos jóvenes. La doctora Rodrigo asegura que realmente a la consulta acuden pocos pacientes con los síntomas propios de la fobia social. “Vienen, sobre todo, por las complicaciones asociadas al trastorno. Cuando la fobia se inicia durante la adolescencia y no se diagnostica y, en consecuencia, no recibe ningún tratamiento, el riesgo de complicaciones a largo plazo es mayor y también lo son las repercusiones sobre la educación del niño”, añade.

Se crea en estos adolescentes un miedo exagerado e intenso ante determinadas situaciones habituales en las relaciones sociales, como comer o saludar, o que exijan la realización de alguna tarea en público. “La persona afectada”, explica la doctora Rodrigo, “tiende a sentirse incapaz de desenvolverse correctamente ante distintas situaciones frente a las cuales se siente ridícula, humillada, convencida de que no le va a salir bien. Ese malestar excesivo puede tener además una respuesta física que incluye desde temblores y sudores hasta palidez y lo contrario, enrojecimiento, pasando por taquicardias”.

Distinguir una fobia social de un problema de timidez excesiva no es siempre fácil a juicio de los expertos, ya que es habitual que se solapen; de ahí la necesidad de hablar con los adolescentes y conocer qué fantasías y temores tienen sobre sus relaciones sociales. La timidez deviene fobia social cuando su intensidad acaba por interferir en la vida social. Pero si hubiera que definir un perfil de adolescente con fobia social, éste respondería al de un niño al que le cuesta enormemente relacionarse tanto con otros niños de su edad como con personas más mayores, por lo que decide evitar esa posibilidad. La doctora Rodrigo hace especial hincapié en que los progenitores deben tener en cuenta que “ese chico tímido y callado de cuyo desarrollo sus padres son testigos tranquilos porque es obediente y no tiene un mal comportamiento puede, sin embargo, esconder un sufrimiento importante ante la mera idea de relacionarse con los demás. Es necesario pues que los padres sean conscientes de que un adolescente problemático o con problemas no es sólo el que se comporta de manera incorrecta. Esa sensibilización previa es fundamental para detectar antes el trastorno, sobre todo en los casos más moderados”.

Para determinar qué conductas de inhibición pueden interpretarse como un problema de timidez y cuáles esconden una fobia social, el médico formula una serie de preguntas al paciente que le informan de hasta qué punto al adolescente se le bloquean sus capacidades de relación como resultado de una inseguridad y un miedo intenso que no puede controlar. “Piensa constantemente que le están criticando, si come teme atragantarse, enrojece si le miran, e incluso a algunos lo que más les avergüenza es precisamente que perciban esa vergüenza. Efectivamente son tímidos pero lo son de tal grado que desarrollan una intensa respuesta de ansiedad”, añade esta experta.

Trastorno por ansiedad de separación
Otro trastorno que ha sido objeto de análisis en este congreso y que es uno de los más frecuentes en los niños más pequeños es la ansiedad por separación de los padres, que se calcula que puede llegar a afectar al 10% de la población pediátrica. Se trata de un miedo intenso a separarse de las figuras paternas, que constituyen un apoyo para él. Es el tipo de ansiedad más específico en las edades infantiles. La doctora Rodrigo asegura que este trastorno puede en ocasiones traducirse en un importante absentismo escolar. “Estos niños”, continúa, “rechazan el colegio no por mala conducta o porque decidan hacer novillos, sino porque directamente se ponen enfermos, desarrollando una sintomatología física provocada por la ansiedad, que incluye incluso la aparición de vómitos, ante la posibilidad de volver a la escuela. El domingo por la noche o el lunes por la mañana empiezan a manifestar un profundo malestar”.

Si este trastorno no recibe el tratamiento adecuado, puede evolucionar y es más difícil corregirse, pudiendo llegar a provocar un déficit educativo en el niño y un mayor riesgo de desarrollar otros trastornos de ansiedad en la edad adulta. Por lo general, los padres son los primeros en detectar este tipo de trastornos de ansiedad por separación. En otras ocasiones, es el pediatra el que puede sospechar al comprobar que el niño tiene muchos vómitos, dolores abdominales y cuadros aparentes de fiebre que ocurren especialmente el fin de semana.

El tratamiento de la fobia social y la ansiedad por separación
El tratamiento, tanto de la fobia social como de la ansiedad por separación, incluye siempre una psicoterapia educativa dirigida al paciente y a los padres. En los casos moderados y graves es necesario un tratamiento conductual que implica ir exponiendo progresivamente al enfermo a aquellos sucesos y situaciones que le provocan esa ansiedad. “Se trata de que el paciente llegue en cierto modo a acostumbrarse hasta el punto de superar la sintomatología. En los pacientes más graves y, también en ocasiones en las primeras fases del tratamiento de los casos moderados, se utilizan medicamentos que puede resultar de gran ayuda y en muchos casos son imprescindibles”.